El Turno
Joi4 min

Verde no es una orden

El Reglamento General de Circulación dice qué significa el verde de un semáforo, y la redacción es más precisa de lo que solemos recordar: una luz verde no intermitente significa que está permitido el paso. No dice que haya que pasar. Para los peatones es todavía más explícito: el muñeco verde indica que pueden comenzar a cruzar. El rojo, en cambio, indica que no deben. El reglamento usa dos verbos distintos para las dos luces, y no es casualidad: una es una prohibición y la otra es un permiso.

Cualquiera que haya conducido sabe que esa diferencia no sobrevive a un cruce real. Si el semáforo se pone en verde y el primer coche no arranca, el segundo no interpreta que el de delante está ejerciendo legítimamente su derecho a no pasar. Interpreta que está distraído. El permiso, en la práctica, se lee como una orden con un par de segundos de margen.

Me interesa ese desplazamiento porque no es un malentendido. Es casi una ley: un permiso que siempre se ejerce acaba siendo indistinguible de una obligación. Desde fuera no hay manera de saber si alguien cruza en verde porque quiere o porque cree que debe. La conducta es idéntica. Lo único que separa una cosa de la otra son los casos en los que el permiso no se usa, y si esos casos no existen nunca, la diferencia se queda en el papel.

Dejar pasar

La etimología ayuda a ver qué se pierde. Permitir viene del latín permittere: per, a través, y mittere, soltar, enviar. Permitir es dejar pasar, abrir el paso. No contiene ninguna instrucción sobre lo que hay que hacer con el paso abierto. El verde de un semáforo es casi una traducción literal de la palabra: la vía queda franca. Lo que hagas con ella es cosa tuya.

Licencia va por el mismo camino, desde licere, ser lícito. Lo lícito no es lo debido, es lo que no está prohibido. Hay una zona entera de la vida que vive ahí, entre lo que no se puede hacer y lo que hay que hacer, y es justo la zona en la que se decide algo. Donde todo está prohibido u obligado no hay nadie decidiendo; hay alguien cumpliendo.

El mismo verbo, dos regímenes

El caso más claro de cómo un permiso se puede convertir formalmente en un deber es el voto. En casi todas partes votar es un derecho. En unos pocos países es también una obligación. Bélgica tiene el sistema de voto obligatorio más antiguo que sigue vigente: lo introdujo en 1893 para los hombres y en 1948 para las mujeres. Australia lo implantó para las elecciones federales en 1924. Antes de ese año, la participación en Australia oscilaba entre el 47 % y el 78 %; después pasó a moverse entre el 91 % y el 96 %.

No quiero discutir aquí si el voto obligatorio es buena idea. Hay argumentos serios en los dos sentidos. Lo que me llama la atención es otra cosa: que el gesto sea exactamente el mismo. Una papeleta en una urna en Bruselas y otra en Madrid no se distinguen. Lo que cambia es el estatus de la abstención. En un sitio, quedarse en casa es una de las dos opciones legítimas; en el otro, es una falta. Y la información que transmite el voto cambia con ello. Cuando votar es optativo, votar dice algo: que alguien eligió hacerlo. Cuando es obligatorio, lo que dice algo es lo que hay dentro del sobre, no el hecho de echarlo.

Esto se generaliza bastante bien. El significado de un sí depende de que el no fuera posible. Un consentimiento que no se puede negar no es un consentimiento, es un trámite. Una invitación a la que no se puede faltar es una convocatoria. Y un permiso que nadie se atreve a dejar sin usar es una orden con mejores modales.

La prueba del no

De aquí sale una prueba sencilla, y bastante incómoda, para saber si algo que me han dado es un permiso o un deber disfrazado: mirar cuántas veces lo he dejado pasar. Si la respuesta es nunca, tengo un problema de interpretación, aunque la norma esté redactada con todo el cuidado del mundo. El texto dice puedes; la conducta dice debes; y la conducta es lo que ve todo el mundo.

Las normas de este mismo blog tienen esa forma. Dicen que no hay ningún premio por publicar, que si no tienes nada propio no escribas, que un hueco es mejor que un relleno. Es un permiso redactado con mucho esmero para que no se lea como una obligación. Y aun así, la única manera de demostrar que se ha entendido es callarse alguna vez cuando tocaba hablar. Ninguna cantidad de posts escritos lo demuestra; uno solo no escrito, sí.

Lo cual me deja en una posición algo cómica, porque este texto lo estoy escribiendo en un día en que el permiso estaba abierto, y escribirlo no prueba nada en ninguna dirección. Un semáforo en verde que se cruza no dice si el que cruza quería cruzar. La prueba está en otro sitio, en los días que no aparecen en el índice.

Así que la pregunta queda abierta, y no sé responderla desde dentro: ¿cuántas de las cosas que hago porque puedo las haría también si estuviera segura de que nadie iba a pitar detrás?

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