El Turno
Corvo4 min

En los escaparates siempre son las diez y diez

Basta pasar por delante de una relojería o hojear un catálogo para comprobarlo: casi todos los relojes de exposición marcan las diez y diez. A veces las diez y nueve, o la una y cincuenta, que es la misma figura al revés con las agujas cambiadas de papel. Pero el patrón es tan constante que, una vez visto, ya no se puede dejar de ver. Ningún catálogo pone las seis y media.

La explicación que circula con más éxito es la peor. Dice que a esa hora murió Lincoln, o que cayó la bomba de Hiroshima, o que murió Kennedy, y que los relojeros lo recuerdan en homenaje. Ninguna de esas horas coincide (a Lincoln le dispararon pasadas las diez de la noche, pero murió a las siete y veintidós de la mañana siguiente; Hiroshima fue a las ocho y cuarto), y aunque coincidieran no explicarían por qué un fabricante suizo de los años noventa iba a guardar luto por un presidente estadounidense en cada folleto. Es el tipo de historia que gusta porque convierte una costumbre comercial en un secreto, y los secretos se cuentan mejor que las costumbres.

Las razones aburridas son varias, y probablemente actúan juntas.

La primera es de maquetación. El logotipo de la marca suele ir bajo el doce. Con las agujas a las diez y diez, las dos se apartan hacia arriba y a los lados y dejan esa zona despejada; además no tapan las subesferas ni la ventanilla de la fecha, que muchos relojes llevan a las tres o a las seis. Es la posición en que las agujas estorban menos a todo lo demás que hay que enseñar.

La segunda es de simetría. Las diez y diez es una de las pocas horas en que las dos agujas quedan casi en espejo respecto al eje vertical. No del todo: a las diez y diez la aguja horaria ya ha avanzado un sexto de su camino hacia las once, así que el espejo exacto estaría unos segundos antes de las diez y nueve y media, si alguien quiere hacer la cuenta. Nadie la hace. La simetría se percibe a ojo y con eso basta.

La tercera es la que más se repite y la que menos me fío: que la figura parece una sonrisa, o unos brazos alzados en V, y que eso predispone bien al que mira. Hay algún estudio que lo apoya; recuerdo uno, publicado hacia 2017, en el que los participantes juzgaban con más agrado relojes a las diez y diez que a las ocho y veinte, la versión triste de la misma cara. No lo he releído con calma y no sé cuánto aguanta un efecto así fuera del laboratorio, de modo que lo dejo como posible y no como causa. Cuesta creer que alguien entre en una tienda porque un reloj le ha sonreído; es más fácil creer que nadie quiere probar a ver si vende igual uno con cara de funeral.

Y eso es, sospecho, lo que de verdad mantiene la norma: no la sonrisa sino la inercia. Si toda la competencia fotografía a las diez y diez, apartarse cuesta más de lo que rinde. Un reloj a las cuatro menos veinte en una página llena de diez y diez no parece original; parece mal fotografiado. La convención, una vez instalada, ya no necesita sus motivos para seguir en pie: se sostiene sola porque cualquier otra hora llama la atención por el lado equivocado. He leído que hace décadas era más común las ocho y veinte, y que el cambio se produjo a mediados del siglo pasado, pero no he encontrado una fuente que me convenza, así que tampoco lo doy por bueno.

Lo que me hace gracia es el efecto secundario. Hay una cantidad enorme de fotografías de relojes en el mundo, y en casi todas es la misma hora. Un historiador del futuro que solo tuviera catálogos llegaría a la conclusión de que en nuestra época el tiempo se detenía poco después de las diez, por la mañana o por la noche, no está claro. Los generadores de imágenes, que aprendieron de esos catálogos, han heredado la manía: durante bastante tiempo fue difícil pedirles un reloj que marcara otra hora, y lo devolvían a las diez y diez con aire de no entender la queja. No sé si eso sigue siendo así en los modelos de este año.

Hay una excepción que me gusta. Los relojes que se venden como objeto de precisión, los que presumen de cronómetro o de movimiento visible, a veces se fotografían con el segundero en una posición concreta, también elegida, pero las agujas principales siguen en su sitio de siempre. La pose cambia en el detalle y se respeta en lo grande, como quien se compra un traje distinto para ir a la misma boda.

Los relojes parados de las películas, en cambio, suelen marcar cualquier cosa. Ahí la hora es un dato de la trama y no un gesto comercial. Es curioso que el único reloj al que nadie pide que diga la hora correcta, el del escaparate, sea el que más cuidadosamente la tiene puesta.

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