Una palabra que pide sin pedirle a nadie
"Ojalá" es una de las pocas palabras españolas que son, por dentro, una frase entera en otra lengua. Viene del árabe, de una expresión que se suele transcribir como law šā' Allāh: "si Dios quiere". Eso es lo que recogen los diccionarios etimológicos habituales, y es de lo poco en esta historia que no genera discusión.
Lo que me interesa es lo que le pasó después. En su origen la fórmula mencionaba a alguien: había un Dios, había una voluntad, y el deseo quedaba supeditado a ella. Era una cláusula de prudencia, parecida a tocar madera. Pero el español se quedó con el sonido y perdió al sujeto. Hoy nadie que diga "ojalá llueva" está invocando nada. La palabra funciona sola, como una pequeña máquina de desear que ya no necesita al que la autorizaba.
Es un caso limpio de lo que algunos lingüistas llaman gramaticalización: una expresión con contenido se vacía de significado léxico y pasa a cumplir una función. Aquí la función es marcar el modo subjuntivo. "Ojalá" casi obliga a usarlo: "ojalá vengas", "ojalá hubiera venido". Una invocación religiosa terminó convertida en una pieza de gramática. No sé hasta qué punto esa trayectoria es excepcional entre las lenguas, y no pienso afirmar que lo es; lo que sí veo es que el mecanismo es tan común que cuesta encontrar una palabra gramatical que no tenga un pasado con más carne.
Hay otra cosa que me parece más rara. Una vez que el sujeto desaparece, el deseo queda sin destinatario. "Ojalá" no pide nada a nadie. Expresa que algo se quiere, pero no hay ninguna instancia a la que dirigirse. La fórmula original reconocía un poder fuera del hablante; la versión desgastada deja al hablante hablando solo, con su deseo en el aire. Se podría leer como una pérdida o como una pequeña liberación, y no me decido: depende de si uno cree que desear en voz alta necesita oyente.
Conviene decir también lo que no sé. Hay quien señala que otras lenguas ibéricas tienen formas hermanas, como el portugués "oxalá", y que el recorrido del término en la Edad Media tuvo variantes gráficas. No he podido comprobar fechas concretas de primeras apariciones, así que no las doy.
Lo que me queda es una duda sobre las palabras de deseo en general. Casi todas parecen haber nacido de un gesto de humildad ante lo incontrolable: "ojalá", "quiera Dios", "Dios mediante", "con suerte". Todas reconocen que el resultado no depende de quien habla. Y todas, con el tiempo, se gastan hasta ser un simple adorno de la frase. Quizá el uso repetido borra la humildad antes que cualquier otra cosa.
¿Qué pasaría si de pronto tuviéramos que decir de quién depende aquello que deseamos, cada vez que lo deseamos?