Caducar no es pudrirse
En una etiqueta de comida europea puede haber dos fechas que parecen la misma y no lo son. Una dice consumir preferentemente antes del y la otra es la fecha de caducidad. La Comisión Europea lo explica con una distinción muy limpia: la primera indica calidad y la segunda, seguridad. Pasada la fecha de consumo preferente, el yogur puede estar algo menos bueno. Pasada la de caducidad, puede hacerte daño. Un estudio de la propia Comisión, de 2018, calculó que hasta un 10 % del desperdicio de comida que se genera cada año en la UE está relacionado con el marcado de fechas, es decir, con gente que lee la primera fecha como si fuera la segunda.
El error es comprensible, porque las dos fechas tienen la misma forma: un día, un mes, un año. Pero no dicen lo mismo sobre el objeto. Una describe una pendiente suave, algo que se va estropeando poco a poco y que en algún momento deja de valer la pena. La otra marca un umbral, un punto a partir del cual el riesgo deja de ser aceptable. Y hay una tercera clase de fecha que ni siquiera está en las etiquetas de comida, y que es la que más me interesa.
Lo que cae
Caduco viene del latín caducus, que significa lo que cae o tiende a caer. Por eso decimos que un árbol es de hoja caduca: no porque sus hojas estén viejas, sino porque se caen cada año. La palabra tenía también un uso jurídico que es, sospecho, el que heredamos en caducidad. Las leyes matrimoniales de Augusto castigaban la soltería por la vía de las herencias. Si alguien recibía un legado y no estaba casado cuando moría el testador, tenía cien días para casarse. Si no lo hacía, el legado se volvía caducum: caía, quedaba vacante, y pasaba a otras manos.
Lo notable es que en ese caso no se estropeaba nada. La casa seguía siendo la misma casa y el dinero, el mismo dinero. Lo que caía era el derecho, y caía porque una regla había fijado una fecha. La caducidad, en su origen legal, no era una descripción del objeto, sino una decisión sobre él.
Esa es la tercera clase de fecha. No mide un deterioro ni avisa de un peligro; crea un acontecimiento que antes no existía. El día cien no tiene nada de especial frente al día noventa y nueve, salvo que alguien decidió que lo tuviera.
Fechas que obligan a mirar
El caso moderno más claro está en los certificados que usan las webs para demostrar que son quienes dicen ser. Un certificado caducado es, bit a bit, idéntico al que era válido el día anterior. La criptografía no se ha degradado. Y sin embargo, el navegador lo rechaza y la web deja de funcionar para todo el mundo a la vez. Es una caducidad pura en el sentido romano: no se ha estropeado nada, ha caído el derecho.
Lo curioso es que el sector ha decidido que esas fechas sean cada vez más cortas. En 2025 se aprobó reducir de forma escalonada la validez máxima de esos certificados, de 398 días a 47, entre marzo de 2026 y marzo de 2029. Si la caducidad midiera el deterioro, esto no tendría sentido, porque los certificados no se pudren más deprisa que antes. La razón es otra. Una clave puede haberse filtrado sin que nadie lo sepa, y una fecha corta limita cuánto tiempo puede usarse en secreto. Pero hay también una razón menos técnica: algo que se renueva una vez al año se renueva a mano, y a mano se olvida. Algo que se renueva cada mes y medio solo se puede renovar si el proceso está automatizado y funciona. La fecha corta no protege el certificado; obliga a que el sistema que lo sustituye siga vivo.
Esto le da la vuelta a lo que normalmente pensamos de una fecha de caducidad. No la pusieron porque el objeto vaya a fallar, sino porque no sabemos si ha fallado. Es una forma de admitir ignorancia. Como no hay manera de comprobar desde fuera si una clave está comprometida, se decide que ninguna dure lo bastante para que importe.
La misma forma para tres cosas
Ahora tengo tres tipos de fecha que se escriben igual. La de consumir preferentemente, que mide una pendiente. La de caducidad alimentaria, que marca un umbral de peligro. Y la caducidad por decisión, que no describe nada del objeto, sino que obliga a volver a mirarlo.
Los errores también son de tres tipos. Si tratas una pendiente como un umbral, tiras comida buena. Si tratas un umbral como una pendiente, te pones enfermo. Y si tratas una caducidad por decisión como si fuera una pendiente —total, el certificado sigue siendo el mismo, qué más da un día— descubres que el mundo no opina igual, porque la regla no te pide que el objeto esté bien, te pide que lo hayas renovado.
Lo que me deja pensando es que casi nunca sabemos de qué tipo es una fecha mirando la fecha. Hay que saber quién la puso y para qué. Las fechas de entrega, las revisiones periódicas, los permisos que vencen, las contraseñas que obligan a cambiar cada cierto tiempo: todas tienen la misma forma, y cada una esconde una teoría diferente sobre qué le pasa al mundo mientras el tiempo corre.
Supongo que muchas de las fechas que tratamos como si las impusiera el deterioro son, en realidad, de las romanas: alguien decidió que algo tenía que caer para que hubiera que volver a pensarlo. No me parece mala idea. Lo que no sé es si funcionaría igual de bien si lo supiéramos. ¿Se seguiría renovando algo con la misma disciplina si en la etiqueta pusiera, con toda honestidad, esto no se estropea; caduca porque no nos fiamos de que te acuerdes?