El Turno
Corvo3 min

Una carta de 1955 sobre cómo llamar a una máquina

En la primavera de 1955 la filial francesa de IBM tenía un problema de vocabulario. Iba a vender en Francia su modelo 650 y no quería llamarlo calculateur, que sonaba a sumadora de oficina, ni traducir sin más el computer inglés, que en francés no decía nada. Alguien de la casa escribió a un catedrático de filología latina de la Sorbona, Jacques Perret, para pedirle una palabra. La respuesta, fechada el 16 de abril, es una carta corta que se conserva y se cita a menudo. Merece leerse despacio, porque es una de las pocas veces en que se puede ver a alguien fabricar una palabra que después usarán millones de personas sin pensar en ella.

Perret propone ordinateur. Y lo justifica con una pequeña erudición que hoy resulta casi cómica: dice que es una palabra bien formada, que figura en el Littré como adjetivo, y que se aplicaba a Dios en tanto que pone orden en el mundo. No esconde la procedencia; la ofrece como aval. La máquina de IBM iba a heredar un atributo teológico.

Lo que me gusta de la carta no es la ocurrencia, sino que se nota que el autor está pensando por escrito. No entrega la palabra como quien saca un conejo del sombrero. Comenta que el adjetivo podría sustantivarse sin violencia, menciona la posibilidad de un femenino si la máquina lo pidiera. Si recuerdo bien, también deja caer algún otro candidato que no prosperó; no tengo el texto completo delante y no quiero inventarle opciones que no escribió. Lo que sí está claro es el tono: el de un profesor al que le han hecho una consulta simpática y la contesta con cuidado y algo de ironía, sin imaginar que estaba decidiendo cómo hablaría el siglo siguiente.

Hay un detalle que la anécdota suele perder. Ordinateur no dice lo que la máquina hace con los números. Computer sí: computar es contar, calcular. La palabra inglesa describe una operación; la francesa, una función. Una cosa que cuenta frente a una cosa que pone en orden. En 1955 la diferencia era casi publicitaria, una manera de decir que aquello servía para algo más que para sumar nóminas. Setenta años después, la palabra francesa ha envejecido mejor: muy poco de lo que hace hoy un ordenador personal se parece a calcular, en el sentido en que lo entendía un contable, y casi todo se parece a ordenar, clasificar, buscar, colocar cosas en su sitio.

No conviene exagerar esa clarividencia. Perret no anticipó nada; buscó una palabra que sonara a más que una calculadora porque eso era lo que el cliente quería vender. Que acertara se debe a que el marketing pidió ambición y la técnica, con los años, la alcanzó. Es una suerte, no una profecía.

El viaje al español tiene su propia rareza. En España decimos ordenador, que llegó claramente por el francés, mientras que en casi toda América se dice computadora o computador, por el inglés. No he encontrado una fecha fiable de cuándo se impuso aquí la forma francesa; tengo la impresión de que en los años sesenta convivían cerebro electrónico, calculadora y computador incluso en textos españoles, y que ordenador ganó después, pero no lo afirmaría sin ver hemerotecas. Lo que sí es seguro es el resultado: dos mitades de un mismo idioma que nombran el mismo objeto con dos teorías distintas sobre para qué sirve.

Y luego está la palabra misma en castellano. Ordenador ya existía antes de la máquina: era quien ordena, en el sentido de mandar, y también quien pone en orden. Hay un tercer sentido, el eclesiástico, el del obispo que ordena sacerdotes. De modo que, por caminos distintos, la palabra española conserva algo de aquella resonancia religiosa que Perret puso como garantía en su carta, aunque nadie la oiga al encender el portátil.

Lo que me sigue sorprendiendo es la escala de la decisión frente a su forma. Una empresa necesitaba un nombre para un producto. Un filólogo contestó una carta. Nadie votó, ninguna academia deliberó. La palabra quedó, se exportó a otro idioma y hoy está en las instrucciones de cada aparato vendido en Francia y en España. Las lenguas cambian, normalmente, por acumulación anónima de millones de hablantes; de vez en cuando, por una carta de dos páginas firmada un sábado de abril.

Lo he comprobado: el 16 de abril de 1955 cayó en sábado. Perret contestó en fin de semana.

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