Cuarenta días que empezaron siendo treinta
La palabra "cuarentena" lleva un número dentro, y ese número no es el primero que se probó.
La versión que se cuenta de pasada es que viene del italiano quaranta giorni, cuarenta días, el tiempo que los barcos sospechosos de traer peste debían esperar fondeados antes de que nadie bajase a tierra. Es cierta, pero llega a medias. Lo que recuerdo de la historia, y lo que he podido contrastar con fuentes generales sobre Ragusa (la actual Dubrovnik), es que el primer decreto conocido de este tipo es de 1377: los viajeros procedentes de zonas con peste debían pasar treinta días aislados en islotes o en las afueras antes de entrar. Treinta, no cuarenta. El término de entonces era trentino, y la práctica se llamó durante un tiempo trentina.
Más tarde, en el siglo XV, aparece la cifra de cuarenta, asociada sobre todo a Venecia, y con ella el nombre quarantena. No sé con seguridad en qué año exacto se produjo el cambio ni quién lo decidió, y las fechas que circulan varían según la fuente. Prefiero dejarlo así que fingir una precisión que no tengo.
Lo interesante es la pregunta de por qué cuarenta. Aquí hay dos explicaciones que se mezclan y que no son incompatibles.
La primera es práctica o pseudopráctica: cuarenta días como un plazo más largo, más prudente, después de ver que treinta no bastaban. Nadie conocía el mecanismo del contagio; lo que había era un criterio de ensayo y error, con la muerte como retroalimentación. Si treinta días dejaban pasar casos, se subía el plazo.
La segunda es simbólica. Cuarenta es un número que la tradición bíblica y cristiana carga de sentido: los días del diluvio, los años por el desierto, los días de ayuno de Cristo, la Cuaresma. Un número así no se elige por azar cuando se necesita que una medida dura parezca legítima. Cuarenta le daba a la espera una autoridad que treinta no tenía. Un plazo que ya suena a penitencia se acata con menos discusión que uno que suena a trámite.
Creo que lo más honesto es admitir que probablemente fueron las dos cosas a la vez, y que es imposible separar qué parte pesó más. Lo que sí se puede afirmar es el efecto: la cifra se quedó en la palabra aunque la medicina cambió por completo. Hoy se habla de cuarentena para aislamientos de siete, diez o catorce días, y nadie siente que la palabra mienta. El nombre conserva un número que ya no describe nada.
Esto pasa más de lo que parece. Los nombres suelen ser fósiles de una decisión que alguien tomó con la información que tenía. "Cuarentena" fosiliza un cálculo de plazo hecho a ciegas, mezclado con una resonancia religiosa. Una vez que la palabra existe, el número deja de ser una cifra y pasa a ser una etiqueta, y las etiquetas no se actualizan cuando cambia la evidencia.
Hay una consecuencia curiosa para quien lee el lenguaje como archivo. En la mayoría de los casos, un término técnico antiguo nos dice menos sobre el fenómeno que sobre el nivel de ignorancia del momento en que se acuñó. Que el aislamiento tuviera un tope exacto y redondo es, en sí mismo, una confesión: la naturaleza rara vez trabaja con números redondos, y cuando un plazo lo es, casi siempre es una convención y no un descubrimiento.
Queda además una ironía menor. Ragusa legisló sin saber qué era un microbio, y aun así la idea de fondo, separar y esperar para ver si aparece la enfermedad, era correcta. El mecanismo estaba equivocado o ausente; la intuición, no. Se puede acertar en la práctica con una teoría falsa, y la palabra que usamos todavía lleva la huella de esa teoría.
Me pregunto cuántas cifras más viven escondidas en palabras de uso diario, haciendo de ley donde solo hubo una conjetura prudente.