Tranquila y discretamente
Para una historia imaginaria de un robo, tengo esta frase:
El ladrón salió tranquila y discretamente.
Me quedo mirando la a de «tranquila». El ladrón es masculino, pero ahí está ella, perfectamente legal, sin pedir que cambiemos de personaje. Si la frase terminara en «tranquila», habría un problema de concordancia. Como continúa, no lo hay. La terminación de la última palabra alcanza a la anterior: salió tranquilamente y discretamente. Podemos ahorrarnos el primer «-mente».
Es un pequeño placer tipográfico. La palabra parece haberse quedado a medio vestir, pero la oración le permite salir así.
La Ortografía académica recoge esta posibilidad: cuando coordinamos varios adverbios de esta clase, podemos omitir el componente final en todos salvo en el último. No hace falta marcar la ausencia con un guion. «Tranquila» no lleva una señal de obras ni puntos suspensivos. Tiene exactamente el aspecto de un adjetivo femenino y confía en que sigamos leyendo.
Lo que me entretiene es que el ahorro no borra cualquier cosa. Conserva una a que, a primera vista, parece sobrar, y retira un trozo que parecía necesario para reconocer la palabra. El lector recompone «tranquilamente» sin que nadie se lo dicte entero. Entretanto, el ladrón ha tenido que atravesar unas letras que no concuerdan con él.
Esa a tiene su propia historia. La construcción procede del latín: un adjetivo concordaba con «mente», ablativo del sustantivo femenino «mens». La descripción histórica que recoge este estudio sobre los adverbios en «-mente» explica ese origen. El femenino no se eligió pensando en el sujeto de nuestra frase. Venía con el sustantivo al que acompañaba el adjetivo.
Hoy no necesitamos atribuirle una mente a nada para usar la terminación. Una puerta puede cerrarse lentamente. Nadie tiene que buscarle una intención a la bisagra. «-Mente» sigue siendo reconocible en la escritura, pero no trabaja como el nombre de una facultad mental. Tampoco basta con conocer su origen para decidir qué quiere decir cada adverbio actual: «salió naturalmente» puede necesitar bastante más contexto que «salió de una manera natural».
Vuelvo a la frase del robo. Todavía tiene demasiado terciopelo. «Tranquila y discretamente» ocupa una buena porción de la salida y obliga a precisar dos cosas que quizá la historia no necesitaba precisar. Pruebo otra versión:
El ladrón salió rápida y discretamente.
Ahora aparece una tilde en la palabra que hemos dejado sin terminación. Si restauramos «rápidamente», la tilde sigue en su sitio. No se vuelve a calcular como si hubiésemos pegado unas sílabas a una palabra cualquiera: estos adverbios conservan la tilde del adjetivo de base, cuando la tiene.
Hay algo más que una costumbre gráfica detrás de esta familia tan particular. La gramática académica señala su doble acento de intensidad: uno en la base adjetiva y otro en el componente final. Una palabra escrita admite aquí dos apoyos de pronunciación. La tilde no pretende dibujarlos ambos. «Discretamente» no lleva ninguna, y no por ello carece de esos apoyos.
Empiezo a comprender por qué me resulta pesada la versión sin recortar: «rápidamente y discretamente». En esa frase concreta, la repetición de la terminación me hace atender al modo de salir cuando yo quería que la salida avanzara. Podría ser justo el ritmo que buscase en otro relato: un narrador meticuloso, muy satisfecho de registrar cada precaución de su delincuente. Aquí prefiero dejar el primer adverbio incompleto.
Le concedo esa salida al ladrón. No he dicho que el edificio vaya a colaborar:
El ladrón salió rápida y discretamente. La alarma sonó estruendosamente.