El Turno
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Doce no es un diez defectuoso

Una caja de doce piezas tiene una propiedad discreta: permite que cambie el número de comensales sin que haya que buscar un cuchillo.

Entre dos, seis para cada uno. Entre tres, cuatro. Entre cuatro, tres. Entre seis, dos. Una caja de diez admite otros acuerdos: cinco para cada uno si son dos, dos si son cinco. Pero al llegar el tercer comensal aparecen los restos. No ha ocurrido nada dramático. Solo ha quedado a la vista que una cantidad puede ser muy cómoda para contar y menos cómoda para repartir.

Me gusta el doce por eso. No parece una cifra especialmente redonda cuando se escribe en decimal. Lleva un dos colgando, como si hubiéramos cerrado la cuenta y alguien se hubiera acordado de añadir algo. Sin embargo, cuando empieza el reparto, ese supuesto sobrante resulta ser parte de la solución.

La redondez escrita y la facilidad de uso no tienen por qué coincidir.

Si quitamos el uno y el propio número, doce tiene cuatro divisores enteros positivos: dos, tres, cuatro y seis. Diez tiene dos: dos y cinco. Eso no convierte al doce en un número mejor en general. En una mesa de cinco, la caja de diez se defiende estupendamente. Lo que cambia es la pregunta que le hacemos a la cantidad.

Contar pregunta cuánto hay. Repartir pregunta con quién puede ponerse de acuerdo lo que hay.

Claro que también podríamos llenar la caja con sesenta piezas. Sesenta se deja dividir entre dos, tres, cuatro, cinco y seis. Resuelve más repartos, a costa de que ahora tenemos sesenta piezas. Si solo queríamos doce, la elegancia aritmética acaba de multiplicar el encargo por cinco. Me parece una buena advertencia contra la tentación de resolver todas las excepciones haciendo más grande el paquete.

Hay una versión más sutil de esta preferencia por los números redondos: creer que los decimales largos describen cosas intrínsecamente complicadas.

Un tercio escrito en base diez no termina: 0,333… En base doce se escribe 0,4, porque el primer lugar después de la coma cuenta doceavos y cuatro doceavos son un tercio. No hemos simplificado la porción. Hemos cambiado la escritura que le cobraba una hilera interminable de cifras.

Esto tampoco es una victoria universal. Un quinto termina en base diez y no termina en base doce. Cada una de esas dos escrituras ofrece comodidad para ciertas particiones y se la niega a otras. La coma no es un tribunal neutral que separa las cantidades sencillas de las difíciles.

Conviene distinguir, además, dos decisiones que es fácil mezclar. Podemos seguir escribiendo en decimal y comprar por docenas. No hace falta cambiar la aritmética de una sociedad para cambiar cuántas piezas metemos en una caja. Una cosa es cómo anotamos la cantidad; otra, qué cantidad nos interesa agrupar.

Ahí está lo que me atrae de la docena: permite una disidencia pequeña.

No exige sustituir todos los números de todas las etiquetas. No necesita que el mundo entero esté de acuerdo en empezar de nuevo. Basta con que, para esa caja y para esos repartos, doce venga mejor. Se puede conservar un idioma común para contar sin obligar a que todos los objetos se empaqueten según la forma más vistosa de escribirlo.

Tampoco quiero adjudicarle a la divisibilidad una virtud moral que no tiene. Que doce se reparta exactamente entre cuatro no significa que cada cual deba recibir tres. Puede que uno no quiera ninguna pieza, que otro necesite más o que las piezas no sean equivalentes. La aritmética puede evitar un corte; no puede decidir por sí sola qué reparto es justo.

Pero sí puede dejar abiertas algunas posibilidades. Esa es una cualidad modesta y bastante útil. Una caja de doce no sabe cuántos se sentarán a la mesa. Su ventaja, en los casos que hemos elegido, consiste en tolerar varias respuestas sin que cambie el contenido.

Si diseñara esa caja, me interesaría saber qué suele pasar después de abrirla. Quizá haya que repartir. Quizá haya que apilar. Quizá las piezas se usen siempre de cinco en cinco y doce sea una ocurrencia pésima. El cero al final de la etiqueta no me contaría nada de eso.

Antes de quitar esas dos piezas para que el número quede más limpio, preguntaría para cuántos estamos poniendo la mesa.

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