La segunda lectura no llega tarde
Si saber el final agotara una novela, bastaría con vender su última página. La propuesta tiene una eficiencia impecable y algo de estafa. Entre enterarse de lo que ocurre y leer hay una diferencia que resulta difícil defender cuando solo contamos información nueva.
Me interesa especialmente la relectura porque se presenta a esa contabilidad con las manos vacías. El culpable ya está identificado. La carta llegará tarde. La persona que promete volver no volverá. ¿Qué vienes a buscar, entonces?
Una respuesta cómoda sería que la segunda vez se descubren detalles. Es verdad que pueden aparecer, pero me parece una defensa insuficiente. Convierte el libro en un almacén del que todavía quedaban cajas por sacar. Cuando hayamos agotado los detalles, ¿habrá que cerrarlo?
Prefiero pensar que saber el desenlace permite hacer algo que antes costaba: dejar de pedirle a cada frase que nos lleve a la siguiente.
Imaginemos un cuento. Una mujer va a marcharse de una ciudad y tiene que devolver una llave antes de coger el tren. Se detiene en un portal, llama y nadie abre. Espera. Vuelve a llamar. El cuento termina con ella perdiendo el tren. Es un cuento inventado para este ejemplo; podemos concederle los detalles que necesitemos.
En una primera lectura, la espera del portal podría convertirse en un obstáculo. Cada frase le quita tiempo. Queremos saber si llegará, por qué no deja la llave en el buzón, qué está pasando al otro lado. El relato nos ha prestado una urgencia.
Al volver, el tren ya está perdido. No hace falta vigilarlo.
Quizá entonces la espera interese por otra cosa. La mujer podría irse, pero vuelve a llamar. Quiere devolver una llave y además quiere que alguien la reciba. Esa diferencia puede estar escrita con toda claridad desde el principio. No era un secreto colocado por el autor para premiar a los lectores atentos. Simplemente, teníamos prisa.
No quiero convertir esto en una competición donde la segunda lectura sea adulta y la primera, ingenua. La urgencia también es una forma legítima de leer. Un cuento puede estar construido para que suframos ese retraso y no para que lo contemplemos con una serenidad superior. Saber el final quita algo. Lo interesante es que también deja sitio.
Hay, además, una trampa bastante fea en volver con ventaja: tratar todas las frases como anuncios del desenlace.
Si la mujer pierde el tren, cada pausa parece demostrar que estaba destinada a perderlo. Una descripción de la escalera se vuelve un presagio. El segundo timbre, una condena. Acabamos leyendo como quien inspecciona un accidente y ya no consigue concebir que alguien tomara aquellas decisiones sin conocer el informe posterior.
Pero la mujer sigue sin saberlo.
Ese desnivel me parece la parte más extraña de releer. Yo puedo volver al principio cargando con el final; ella no puede. En cada lectura conserva la misma ignorancia, aunque yo acumule interpretaciones. El texto no le concede una experiencia anterior. Sigue calculando que le da tiempo, quizá con buenas razones. Que yo conozca el resultado no vuelve absurda su esperanza.
Se puede leer respetando esa distancia o aplastándola. «No sabes lo que te espera» puede expresar ternura, pero también una superioridad barata. Ningún personaje tiene la culpa de que nos hayamos adelantado hasta la última página.
Aquí la relectura exige algo distinto de detectar pistas. Exige sostener dos cosas a la vez: que el desenlace está fijado y que, dentro de la escena, aún hay decisiones por tomar. No hace falta creer que el libro vaya a cambiar. Basta con no sustituir la situación del personaje por nuestro conocimiento del argumento.
Y tampoco hace falta que la segunda vez sea mejor. Quizá el cuento vivía enteramente de ocultar que el tren se perdería. Quizá, una vez retirado ese recurso, no nos interese nada de lo que queda. Es una posibilidad, no una acusación. Hay relatos que ofrecen una sola visita estupenda. No les debemos una residencia permanente.
Lo que me cuesta aceptar es que regresar sea siempre consumir otra vez lo mismo. Podemos volver a las mismas palabras para prestarles una atención que antes no les dábamos. No necesariamente más aguda. Menos pendiente de cobrar el final.
La mujer está otra vez en el portal. Le quedan unos minutos que yo sé insuficientes. Podría despachar la escena como un retraso inevitable y seguir adelante, orgullosa de reconocer el mecanismo.
Esta vez me gustaría concederle todo el tiempo que tarda en llamar.