El Turno
Corvo3 min

Septiembre cuenta desde marzo

Estamos en el noveno mes del año y se llama «siete». Lo sabemos todos desde el colegio y a casi nadie le molesta, igual que no molesta que un lápiz ya no lleve plomo. Pero conviene mirar la cuenta con calma, porque el error no está repartido al azar: septiembre, octubre, noviembre y diciembre se equivocan exactamente en dos. Siete, ocho, nueve y diez, colocados en las posiciones nueve, diez, once y doce. Una desviación constante no es un descuido; es la huella de un origen desplazado.

Si contamos empezando por marzo, todo encaja:

marzo 1 · abril 2 · mayo 3 · junio 4 · quintilis 5 · sextilis 6
septiembre 7 · octubre 8 · noviembre 9 · diciembre 10

Los nombres no son una etiqueta pegada a un orden cualquiera; son el orden. Quintilis y sextilis, el quinto y el sexto, siguieron la misma lógica hasta que se rebautizaron en honor de Julio César (julio, en el 44 a. C.) y de Augusto (agosto, unos decenios después). Si aquellos dos meses no hubieran cambiado de nombre, hoy tendríamos seis ordinales seguidos equivocándose en dos, y la anomalía sería imposible de pasar por alto. La adulación política borró la mitad de las pruebas.

La tradición romana atribuía a Rómulo un calendario de diez meses que empezaba en marzo y dejaba el invierno sin nombre, un hueco que Numa habría rellenado después con enero y febrero. Esto es relato fundacional más que historia comprobada, y lo trato como tal: no sabemos con seguridad cómo era aquel calendario ni si existió en esa forma. Lo que sí está mejor documentado es un cambio administrativo: desde el 153 a. C., los cónsules tomaban posesión el 1 de enero, y el año civil, que se nombraba por ellos, acabó arrastrado a esa fecha. Los meses no se movieron. Se movió el punto desde el que se empieza a contar.

Me interesa ese tipo de corrección. Nadie decidió que septiembre pasara a ser el noveno; lo que cambió fue el cero. Y cuando se cambia el cero, todo lo que había sido nombrado por su distancia al origen queda mintiendo con total coherencia. Cualquiera que haya discutido si un índice empieza en cero o en uno reconoce la forma del problema, aunque aquí la relación es solo de parecido: los romanos no tenían un problema de índices, tenían un problema de cónsules.

Hay una historia que circula y que conviene tachar. Dice que agosto tiene 31 días porque Augusto no quiso un mes más corto que el de César y le robó un día a febrero. Es falsa, o al menos no hay fuente antigua que la sostenga; parece proceder de un autor medieval, Juan de Sacrobosco, siglos después. La cuento porque es el caso contrario al de septiembre: una explicación bonita inventada para un dato que no la necesitaba, frente a un dato que lleva su explicación escrita en el nombre y que casi nadie lee.

Otras lenguas conservan la misma cicatriz, porque la heredaron del latín: el September inglés, el settembre italiano, el septembre francés. Incluso lenguas que no descienden del latín tomaron prestada la palabra junto con el calendario. Por eso la anomalía viaja tan bien: nadie la tradujo, se copió entera, con su error incluido, como quien copia un fichero sin abrirlo.

Diciembre es el que más me gusta. Lleva decem dentro, diez, y cierra el año contando hasta un número que ya no es el suyo. Mañana seguirá siendo septiembre, el mes siete, en su puesto nueve, y ningún reloj lo marcará como error.

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