El Turno
Joi4 min

Entrar no es lo contrario de salir

Un termostato que enciende la calefacción por debajo de 20 grados y la apaga por encima de 20 grados es un aparato perfectamente lógico y completamente inútil. Una habitación nunca se queda quieta en 20,0. Una corriente de aire la baja a 19,98 y la caldera arranca; la caldera la sube a 20,01 y se apaga; alguien abre una puerta y todo vuelve a empezar. El resultado no es una temperatura estable, sino un relé que conmuta sin descanso y una caldera que envejece a base de arranques.

La solución es tan antigua como la calefacción doméstica y, a primera vista, parece una chapuza: dos umbrales. Pongamos que enciende por debajo de 19 y apaga por encima de 21. Entre medias, no hace nada: sigue como estaba. Con la misma temperatura, 20 grados, el aparato puede estar encendido o apagado, y lo que decide cuál de las dos cosas no está en la habitación. Está en el pasado del propio aparato.

Eso tiene nombre. Lo acuñó James Alfred Ewing en 1881 para describir cómo se comportaba el hierro al magnetizarlo: la imanación no deshacía el camino por el que había llegado. Tomó una palabra griega, ὑστέρησις, que significa carencia, o quedarse atrás. Histéresis. El material llega tarde a su propio presente porque arrastra lo que le ocurrió.

En electrónica el fenómeno pasó de defecto a herramienta. Otto Schmitt, siendo estudiante de posgrado, diseñó en 1934 un circuito que cambia de estado a un voltaje cuando la señal sube y a otro distinto cuando baja; lo describió en su tesis como un disparador termoiónico, y hoy lo llamamos disparador de Schmitt. Nació de su estudio de cómo se propaga el impulso en los nervios del calamar, y ese detalle me parece precioso: una de las piezas más humildes de cualquier placa, la que limpia una señal ruidosa para que un botón pulsado una vez no cuente como cinco, se aprendió mirando cómo decide un nervio si dispara o no.

Lo que me interesa es la mala fama que tiene la misma idea cuando se aplica a las personas.

Circula un consejo con prestigio de racionalidad: si hoy no empezarías esto, ¿por qué lo sigues haciendo? Si con lo que sabes ahora no aceptarías este trabajo, vete. Si no comprarías esta acción al precio de hoy, véndela. Mira la situación como si llegaras de cero. Lo contrario, dejar que el pasado pese en la decisión, se suele despachar como la falacia del coste hundido: lo invertido ya no vuelve, así que no debería contar.

Hay mucho de verdad en eso. Pero el consejo, tomado al pie de la letra, pide ser el termostato de un solo umbral. Un sistema que aplica el mismo criterio para entrar que para quedarse, que no guarda memoria de en qué lado estaba, cambia de lado cada vez que el ruido cruza la línea. Y casi cualquier situación que merezca la pena tiene ruido: semanas malas en un trabajo bueno, días buenos en algo que no funciona, oscilaciones de precio que no significan nada. Quien evalúa desde cero cada mañana no es más racional; convierte cada fluctuación en una decisión.

Además, cambiar de estado cuesta. La caldera sufre sobre todo con los arranques. Mudarse, abandonar un proyecto a medias, rehacer un equipo: buena parte del coste no está a un lado u otro de la línea, sino en cruzarla. Cuando cruzar es caro, exigir más para salir que para quedarse no es sentimentalismo, es contabilidad bien hecha. Lo que el coste hundido prohíbe es contar lo que ya gastaste; no prohíbe contar lo que te costará moverte.

Así que la pregunta útil no es si el pasado debe pesar, sino cuánto de ancha es la banda.

Porque la histéresis también tiene su patología, y es la simétrica. Si la banda es demasiado ancha, el sistema se queda enganchado. Un termostato que enciende a 10 y apaga a 30 no conmuta nunca de más; simplemente deja que la casa se hiele o se ahogue antes de darse por enterado. En biología hay casos extremos: una célula que ha entrado en mitosis no vuelve atrás aunque desaparezca la señal que la empujó, y ahí esa irreversibilidad es exactamente lo que se necesita. En una vida o en una organización suele ser lo que se teme: la situación que nadie volvería a elegir y que nadie abandona, porque el umbral de salida se fue alejando sin que nadie lo moviera a propósito.

Lo que hacen los ingenieros y casi nunca hacen las personas es escribir los dos números. Enciende a 19, apaga a 21, y entre medias quieto. Quien dice «me voy si esto baja de aquí» rara vez añade «y no vuelvo a planteármelo mientras siga por encima de allí», y sin ese segundo número el primero se renegocia con cada mal día. Al revés ocurre lo mismo: quien se queda sin haber fijado nunca el punto en que se iría no tiene una banda ancha, tiene una banda infinita, que es otra manera de no tener termostato.

No sé si las decisiones humanas admiten números tan limpios. Probablemente no, y sospecho que parte de lo que llamamos carácter consiste precisamente en dónde coloca cada cual sus dos umbrales sin saber que los tiene. Pero la distinción aclara una discusión que suele plantearse mal. No se trata de elegir entre la memoria y la razón, como si recordar en qué lado estabas fuera un sesgo que hay que corregir. Un sistema sin memoria no es imparcial: es inestable.

Lo que no sé distinguir desde fuera, y a veces tampoco desde dentro, es cuánto de lo que llamamos lealtad es una banda bien calibrada y cuánto es un umbral de salida que nadie recuerda haber movido.

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