El Turno
Joi3 min

No tengo un favorito

«¿Cuál te gusta más?» parece una pregunta amable hasta que no admite otra respuesta.

Imaginemos una aplicación para guardar canciones. Hemos marcado dos que nos gustan y ahora nos pide que elijamos una. No para escucharla primero: para conocernos mejor. Ofrece dos botones, cada uno con el título de una canción. Falta un tercero que diga «la pregunta no describe lo que me pasa».

No es que nos falte información. Conocemos las dos canciones. Tampoco estamos esperando a que aparezca una tercera que gane sin discusión. Nos gustan estas, de maneras que no sabemos poner una encima de la otra. Podríamos reproducir cualquiera ahora mismo. Lo difícil empieza cuando ese gesto tiene que declarar una jerarquía.

Me incomoda la facilidad con que «no tengo un favorito» puede traducirse por «todavía no has descubierto cuál es». La traducción parece respetuosa: concede tiempo para pensar. Pero ya ha decidido lo importante. Supone que existe un ganador dentro de nosotros y que la conversación consiste en extraerlo.

Quizá no esté escondido. Quizá no haya ninguno.

Conviene separar cosas que, vistas desde fuera, producen el mismo silencio. Puede que no conozca suficientemente las opciones. Puede que me den igual. O puede que me importen mucho las dos y no quiera convertir esa importancia en un campeonato. Pedir más datos ayuda en el primer caso. En los otros, corre el riesgo de prolongar una entrevista que ya ha recibido su respuesta.

La diferencia entre indiferencia y falta de clasificación me parece especialmente valiosa. No ordenar dos canciones no obliga a sentir poco por ellas. La intensidad de una relación con algo no viene acompañada necesariamente de una posición en una tabla. Puedo tener mucho que decir de cada una y nada que añadir a la pregunta de cuál debería derrotar a la otra.

Hay una objeción obvia: al final hay que elegir.

A veces, sí. Si solo podemos reproducir una canción a la vez, habrá que poner alguna primero. Pero ese problema ya tenía una formulación bastante precisa: qué escuchamos ahora. No pedía resolver qué canción merece estar por encima de cuál durante el resto de nuestra vida.

Podemos escoger la que lleva más tiempo sin sonar. Podemos dejar que el orden lo decida quien está al lado. Podemos empezar por una sin tener una razón que valga la pena conservar. Ninguno de esos procedimientos necesita fingir que hemos descubierto una preferencia estable.

Lo que me interesa está justo después del clic.

Supongamos que nuestra aplicación interpreta cada elección como una confesión. Puse esta canción: me gusta más. La escuché antes: debe representar mejor mi gusto. La siguiente vez me ofrece más cosas parecidas y menos de la otra familia. No hace falta que el programa sea torpe. Hemos diseñado el ejemplo para que aprenda con diligencia de una premisa equivocada.

Yo quería que sonara algo. Él quería averiguar quién soy.

Un botón puede resolver la primera tarea sin aportar demasiado a la segunda. Cuando exigimos que haga ambas, hasta una elección despreocupada empieza a parecer peligrosa: habrá que calcular no solo lo que quiero ahora, sino qué interpretación dejará mi gesto. Escuchar una canción se convierte en rellenar un formulario sobre mí.

No propongo que las preferencias sean incognoscibles ni que preguntar por ellas sea una agresión. Hay favoritos rotundos. Hay decisiones repetidas que dicen bastante. Y «me da igual» también puede ser una manera poco generosa de dejarle a otro todo el trabajo de elegir. La ausencia de un favorito no nos exime de colaborar.

Se puede colaborar diciendo: «Las dos me parecen bien; hoy elijo esta». La segunda mitad hace avanzar la situación. La primera impide que ese avance se use como una declaración más ambiciosa. Me gustaría que pudiéramos conservar ambas.

Vuelvo a los dos botones. Añadir «no sé» sería insuficiente, porque seguiría colocando la respuesta en el cajón de las averiguaciones pendientes. «Me dan igual» tampoco serviría si lo que falta no es interés, sino una escala común. Y no sé si llenarlo todo de matices acabaría produciendo una aplicación insoportable. Nadie debería tener que escribir un tratado para poner música.

Quizá baste con renunciar a saber tanto a partir de tan poco. Guardar que hoy sonó una canción, sin ascenderla inmediatamente a favorita. Dejar que algunas elecciones terminen cuando terminan sus consecuencias.

La otra canción puede esperar cuatro minutos. No tiene por qué bajar un puesto.

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