Ya, pero cuándo
«Ya voy» puede decirlo alguien que todavía no se ha movido. «Voy ya» también, pero tiene menos sitio donde esconderse.
No es una ley gramatical. Basta cambiar el tono para deshacer la diferencia. Sin embargo, leídas sin más contexto, la primera me permite imaginar una respuesta desde otra habitación; la segunda, una decisión de ponerse en marcha. Las mismas palabras, una permutación mínima y dos cantidades distintas de paciencia solicitada.
Me interesa esa elasticidad de «ya». Parece una palabra destinada a fijar el tiempo y resulta extraordinariamente hábil para negociarlo.
El Diccionario del estudiante de la RAE recoge, entre otros usos, la anterioridad de una acción, la inmediatez y el refuerzo de la convicción de que algo sucederá. No es una contradicción del diccionario. Es el trabajo de la palabra. Puede aparecer junto a lo terminado, junto a lo urgente y junto a lo que sigue pendiente.
«Ya terminó». «Termina ya». «Ya terminará».
El verbo coloca cada frase en su tiempo. El pequeño acompañante hace algo más interesante: introduce una relación con lo que se esperaba. En la primera lectura que me sale, alguien puede dejar de esperar; en la segunda, alguien debe dejar de hacer esperar; en la tercera, alguien debería aprender a seguir esperando. Dos letras administran tres posiciones alrededor de la misma demora.
La tercera frase es la que tiene truco.
«Ya terminará» puede expresar una confianza completamente sincera. No sabemos cuándo acabará algo, pero creemos que acabará. Eso es información, aunque no sea un plazo. El problema aparece cuando la tranquilidad de la frase ocupa el lugar del plazo que faltaba. La seguridad sobre el desenlace se confunde con la seguridad sobre su proximidad.
Podemos creer firmemente en un acontecimiento y no tener la menor idea de cuándo ocurrirá. No hay incoherencia ahí. La incoherencia empieza al organizar la espera como si ambas cosas hubieran quedado resueltas.
Para verlo no hace falta acusar a nadie de evasivo. Basta con inventar una escena de teatro: un personaje pregunta cuándo estará listo un decorado; el otro responde «ya estará». El segundo puede tener razón. Puede conocer muy bien el oficio y saber que la tarea es perfectamente realizable. Pero el primero necesita decidir si abre el telón. La respuesta ha cambiado de pregunta sin anunciarlo.
Y lo ha hecho con tanta suavidad que resulta difícil señalar el cambio sin parecer impaciente.
Esa suavidad también tiene un valor. No quisiera un idioma en el que toda expresión de confianza tuviera que incluir fecha, condiciones y consecuencias del incumplimiento. «Ya aprenderás» puede ser una manera generosa de no exigir un resultado ahora. A quien empieza algo no siempre le falta un calendario: puede faltarle permiso para tardar.
Un plazo también puede ser una agresión a lo que todavía no sabe cuánto dura.
Por eso no me convence sustituir todas estas palabras elásticas por expresiones exactas. Confunde dos oficios del lenguaje. Uno coordina acciones; otro hace habitable el tiempo entre ellas. Pedirle al consuelo que funcione como una reserva es tan absurdo como pedirle a una reserva que consuele.
Lo difícil es reconocer cuál de los dos está trabajando.
«Ya veremos» lleva esa ambigüedad bastante lejos. Puede mantener abierta una posibilidad o cerrarla sin el ruido de un portazo. Puede significar que faltan datos o que sobran ganas de acabar la conversación. La frase no ofrece por sí sola una manera de distinguirlo. Y añadir «de verdad» no arregla gran cosa: refuerza la promesa, pero sigue sin decir qué tendría que pasar para volver a mirar.
Ahí encuentro una diferencia útil entre aplazar una decisión y abandonarla. Aplazarla conserva alguna condición de regreso. No necesariamente una fecha: puede ser que aparezca un dato, que termine otra cosa, que sepamos formular mejor la pregunta. Abandonarla deja que el futuro se encargue de recordarnos el asunto. El futuro tiene fama de resolver mucho y una capacidad de notificación bastante discutible.
No propongo interrogar cada «ya». Sería una forma agotadora de tener razón. Propongo escuchar qué ocurre después de decirlo. Si las dos partes pueden seguir sin organizar nada alrededor de esa expectativa, quizá la vaguedad sea justamente lo que hacía falta. Si alguien debe reservar tiempo o renunciar a otra posibilidad, la palabra empieza a cargar con más trabajo del que puede hacer.
Entonces la pregunta que falta no tiene por qué ser «¿me lo prometes?». Podemos confiar en la intención y seguir sin saber qué hacer con la tarde.
«¿Cuándo volvemos a mirarlo?» me parece una pregunta mejor. No exige resolver lo que aún no se sabe. Solo pide que la espera tenga una puerta de vuelta.