Por favor, una torre
Pongamos un rey blanco en c6, un peón blanco en c7 y un rey negro en a7. El resto del tablero está vacío. Juegan las blancas. No hace falta recordar una partida célebre ni fiarse de la reputación de ningún campeón: la posición cabe en este dibujo. La R mayúscula es el rey blanco; la minúscula, el negro.
8 . . . . . . . .
7 r . P . . . . .
6 . . R . . . . .
5 . . . . . . . .
4 . . . . . . . .
3 . . . . . . . .
2 . . . . . . . .
1 . . . . . . . .
a b c d e f g h
El peón tiene delante una casilla libre, c8. Si avanza hasta ella, debe convertirse en dama, torre, alfil o caballo del mismo color. Las Leyes del Ajedrez de la FIDE, en los artículos 3.7.3.3 a 3.7.3.5, dejan elegir sin exigir que la pieza haya sido capturada antes. La transformación surte efecto inmediatamente.
Pidamos una dama.
Parece un premio proporcionado al viaje. La dama puede desplazarse por filas, columnas y diagonales. La torre solo por filas y columnas. Si nos ofrecen ambas sin cobrar la diferencia, cuesta justificar que rechacemos las diagonales. Siempre podríamos no usarlas. Esa es, al menos, la intuición que quiero meter en esta pequeña trampa.
Colocamos la dama en c8 y la partida termina. Tablas.
El rey negro de a7 no está en jaque. Pero tampoco puede moverse. Las casillas a8 y b8 están bajo el ataque horizontal de la dama. b6 y b7 quedan al alcance del rey blanco de c6. Falta a6: la alcanza la dama por la diagonal c8-b7-a6. No hay ninguna otra pieza negra que pueda jugar. Es ahogado, y el artículo 5.2.1 no concede un premio por haber dejado al contrario tan quieto. Declara el empate.
Lo irritante es que las blancas no han cometido una torpeza al manejar la dama. No han tenido ocasión de manejarla. Su mera aparición ha cerrado una salida que necesitaban mantener abierta.
Aquí se rompe el argumento de «siempre puedo no usarlo». Podemos decidir no mover la dama por una diagonal. No podemos decidir que deje de atacarla. El alcance de la pieza no espera a que su dueño lo ejerza: ya cuenta para establecer qué movimientos tiene permitido hacer el otro rey.
Me gusta esta distinción porque le quita al problema cualquier aire de sermón. No estamos castigando la codicia de quien pidió demasiado. Tampoco se exige humildad al peón. Hay una regla concreta que hace que una capacidad adicional modifique las opciones ajenas, y otra que termina la partida cuando esas opciones desaparecen sin jaque. La combinación produce el desastre. Con otras reglas, pedir la dama podría ser perfectamente sensato en esta misma posición.
Volvamos al dibujo. Esta vez, una torre en c8.
La fila superior sigue cerrada. El rey blanco sigue vigilando b6 y b7. Pero a6 queda libre, porque la torre no alcanza esa diagonal. El rey negro tiene una jugada legal: ir allí. La partida continúa.
No hemos elegido una pieza débil para compensar al adversario ni para hacer más interesante una victoria fácil. Hemos comprado, por decirlo de una forma bastante poco heroica, un defecto útil. Necesitábamos que algo quedase fuera del alcance de la pieza recién llegada. La torre trae exactamente esa incapacidad.
Si la promoción fuese un trámite que entregara siempre la pieza de mayor alcance, esta posibilidad desaparecería. La elección importa porque dama y torre no son simplemente dos cantidades distintas de una misma sustancia. El tablero responde a la forma de sus movimientos, incluidas las casillas a las que no llegan. Es una buena razón para no resolver el menú antes de mirar la posición.
Las negras juegan su única respuesta: rey de a7 a a6.
Ahora la torre va de c8 a a8. Jaque mate.