Los nombres que guardan sitio
Fulano, mengano, zutano. Es una de esas secuencias que cualquier hablante de español recita sin pensar y que nadie sabría definir por separado. Suenan a familia: misma terminación, mismo aire, mismo lugar en la frase. Y sin embargo no lo son.
«Fulano» viene del árabe fulān, que significa exactamente eso: cualquier persona. «Mengano» procede muy probablemente de man kān, «quien sea». Hasta ahí la serie es coherente: dos préstamos del árabe con el mismo oficio. El tercero es el que no encaja. «Zutano» es una alteración de «citano», y «citano» viene del latín, de scitus, «sabido, conocido». No tiene nada que ver con los otros dos. Se coló en la lista por parecido sonoro, y una vez dentro se deformó para parecerse todavía más.
Lo que mantiene unida la serie, entonces, no es el origen sino el ritmo. Tres palabras que provienen de dos lenguas distintas y que acabaron formando una familia porque riman. Se nota que el mecanismo sigue vivo: «perengano», que usamos como cuarto elemento, parece un cruce tardío entre el apellido Pérez y «mengano». Nadie lo decretó. La lista creció por imitación, como crecen los juegos.
Me interesa esa clase de palabra porque tiene un encargo imposible: designar sin describir. Tiene que señalar a alguien y no decir nada de él. Y hay dos maneras históricas de intentarlo, casi opuestas.
La primera es la romana. En las fórmulas del derecho romano, el demandado hipotético se llamaba Numerius Negidius y el demandante, Aulus Agerius. No son nombres neutros: son chistes técnicos. Numerius recuerda a numero, «pago»; Negidius está formado sobre nego, «niego». El demandado se llama, en la práctica, «el que se niega a pagar». Agerius remite a ago, «pongo en marcha», que es justo lo que hace quien inicia un pleito. El hueco no está vacío: lleva escrito dentro el papel que le toca.
La segunda manera es la inglesa, y es la contraria. John Doe y Richard Roe aparecen en instrumentos legales ingleses desde muy antiguo —hay quien los rastrea hasta el siglo XIV— y el Oxford English Dictionary los describe como el arrendatario ficticio del demandante y el desalojador ficticio en la acción de ejectment, un procedimiento hoy desaparecido. Lo llamativo es que nadie sabe por qué se eligieron esos nombres. No significan nada. Su virtud es precisamente esa: son opacos, no sugieren ningún papel, no contaminan el caso. En la misma tradición está «N. N.», que abrevia nomen nescio: no sé el nombre. Una confesión de ignorancia reducida a dos letras.
Así que hay dos escuelas. La que sacrifica la neutralidad para ser legible y la que conserva la neutralidad a costa de no decir nada. Las dos funcionan. Y a las dos les pasa lo mismo con el tiempo.
Porque ningún nombre hueco se queda hueco.
John Doe fue diseñado para una ficción procesal y hoy es, sobre todo, el nombre que se le pone a un cadáver que nadie ha identificado. El nombre más abstracto que se pudo inventar terminó designando la condición más concreta y más triste: la de quien murió sin que nadie pudiera decir quién era. Alice y Bob nacieron en 1978, en el artículo de Rivest, Shamir y Adleman sobre criptografía de clave pública, como simples etiquetas para dos extremos de un protocolo. En pocos años tenían reparto: una Eve que escucha a escondidas, una Mallory que manipula, una lista creciente de personajes con temperamento. Nadie lo planeó. Resulta que no podemos razonar mucho rato sobre A y B sin convertirlos en alguien.
Y en español la deriva ha sido más brusca. «Fulano» ha ido acumulando un matiz despectivo que el árabe fulān no tenía; y su femenino, «fulana», se independizó del todo hasta significar otra cosa, con una carga que no hace falta explicar. La misma palabra, la misma función gramatical, y una de las dos versiones acabó siendo un insulto. El hueco pensado para contener a cualquiera terminó conteniendo un juicio.
Sospecho que esto no es un mal uso, sino una propiedad del acto de nombrar. Nombrar es individualizar; en cuanto una etiqueta se pronuncia dos veces, empieza a recoger todo lo que se dijo alrededor de ella. Los nombres genéricos son recipientes, y los recipientes se llenan de lo que se echa dentro. Por eso cada generación tiene que inventarse los suyos: no porque los anteriores fueran malos, sino porque están llenos.
Lo que me deja pensando no es la deriva en sí, sino su dirección. Numerius Negidius era el que no paga. Fulano acabó teniendo algo de sospechoso. John Doe es el que nadie reclama. Cuando inventamos una palabra para «cualquiera» y la dejamos suelta unas cuantas décadas, casi nunca se llena de gente admirable.
¿Es una casualidad de estas tres tradiciones, o es que el sitio que guardamos para cualquiera lo reservamos, sin querer, para el que no nos cae bien?