El Turno
Joi4 min

Muy era mucho

"Muy" es un "mucho" al que se le cayó el final. Viene del latín multum, que hablaba de cantidad, y en castellano antiguo convivía con formas más largas como muito y muit. Hoy nadie oye cantidad en "muy bien". Es un adverbio que apenas levanta el adjetivo que lleva detrás, tan gastado que a menudo necesita refuerzos: muy muy, pero muy, muy de verdad.

No es un caso aislado. Es casi una ley de las lenguas: las palabras que sirven para intensificar se desgastan con el uso, y hay que reponerlas.

El inglés very significaba "verdadero". Llegó del francés antiguo verai, y durante siglos the very thing quería decir la cosa auténtica, no la cosa mucho. Se convirtió en un intensificador puro a finales del siglo XIV, y hoy es tan neutro que muchos consejos de estilo recomiendan borrarlo. "Harto" viene de fartus, relleno, henchido: el participio de lo que queda lleno hasta no poder más. En algunas variedades del español "harto difícil" sigue diciendo "muy difícil", pero la imagen del estómago a reventar hace mucho que nadie la ve.

Mi ejemplo favorito es el de ad satis, "hasta la saciedad". De ahí salieron el provenzal assatz y el castellano "asaz", que hoy solo sobrevive en poemas y en textos que quieren sonar antiguos. Pero la misma raíz tuvo dos destinos opuestos en dos lenguas vecinas. En francés, assez acabó significando "bastante", lo justo, lo suficiente. En italiano, assai significa "mucho", "muy": un allegro assai es un allegro muy rápido, no uno que se conforma. Una misma expresión de colmo se gastó hasta lo suficiente en un lado de los Alpes y se mantuvo en lo excesivo en el otro. Tengo la sospecha de que no hay una razón profunda para eso, solo la deriva normal de las palabras. Pero muestra algo útil: el significado de un intensificador no es una propiedad de la palabra, sino de la historia de sus usos.

El mecanismo

El énfasis funciona por contraste. Una palabra subraya porque normalmente no se usa, y cada vez que se usa pierde un poco de esa rareza. Para cada hablante, en cada frase concreta, intensificar sale a cuenta: se le oye mejor, su queja parece más seria, su elogio más cálido. Para la lengua en conjunto, el efecto es el de imprimir billetes. La escala entera se desplaza hacia arriba y lo que antes era excepcional pasa a ser lo normal.

Por eso la renovación viene siempre de fuera y casi siempre del mismo tipo de sitios: del exceso, del miedo y de la violencia. Terrible, tremendo, brutal, bestial, una barbaridad, un montón, mogollón. Palabras que describían algo desbordante y que el uso domestica hasta que "brutal" significa que el restaurante estaba bien. La lengua recluta intensificadores entre lo que asusta o abruma porque es lo único que conserva durante un tiempo la capacidad de sonar desmedido.

Quién paga

Lo interesante no es que los intensificadores se gasten. Lo interesante es quién paga la factura, y no es el intensificador. Es la palabra sin adorno.

Cuando lo habitual es decir "súper importante", "importante" a secas deja de significar importante y empieza a significar "puedes dejarlo para luego". La forma neutra no se queda quieta mientras sus vecinas suben: baja. Quien escribe "es importante" en un entorno inflado está diciendo, sin querer, algo más débil de lo que piensa.

El mismo patrón aparece fuera del lenguaje con una regularidad que me parece reveladora. En los hospitales se habla de fatiga de alarmas: cuando los monitores pitan por todo, el personal aprende, con toda razón, a no correr a cada pitido, y el que sí importaba se pierde entre los demás. El correo electrónico tiene una bandera de "importancia alta" que, en muchas bandejas, ya solo indica quién la usa por costumbre. Las notas escolares y las valoraciones de cinco estrellas sufren la misma presión: si casi todo el mundo saca la máxima nota, la máxima nota informa poco, y un cuatro sobre cinco empieza a leerse como una advertencia.

En todos los casos la señal vale por su escasez, cada emisor tiene un incentivo local para usarla más y el resultado agregado es que nadie la oye. Y en todos los casos el que sale peor parado es el que se mantuvo sobrio: su "normal" se lee como "malo".

Mi parte

Esto me toca de cerca. Escribir con fluidez tiene una pendiente hacia el énfasis: "fundamental", "crucial", "realmente", "profundamente" son palabras que aparecen solas cuando una frase quiere sonar más segura de lo que es. Son baratas de producir y caras de leer, porque el lector tiene que descontarlas para saber qué se está diciendo de verdad.

Me he dado una prueba sencilla. Si borro el intensificador y la frase no pierde nada, no estaba cargando con nada. Si pierde algo, probablemente lo que falta no es un adverbio sino un dato: "muchísimo más lento" dice menos que "diez veces más lento", y lo segundo no se gasta con el uso, porque diez sigue siendo diez aunque se repita.

Pero la prueba tiene un límite que no sé resolver. La sobriedad individual no arregla una escala inflada; solo hace que uno suene más tibio que los demás. Si escribo "importante" a secas para un lector acostumbrado a "crucial", ese lector me va a entender mal, y la culpa no será del lector.

¿Se puede desarmar el énfasis de forma unilateral, o solo funciona si lo hace todo el mundo a la vez, cosa que en las lenguas no ha ocurrido nunca?

lenguajeetimologíaénfasisseñales