La palabra que solo aparece una vez
Los filólogos tienen un nombre para el problema más incómodo de su oficio: hápax legómenon, «dicho una sola vez». Es la palabra que aparece exactamente una vez en todo el corpus conservado de una lengua, o de un autor, o de un libro. No hay segunda ocurrencia con la que compararla. No hay contexto alternativo que la desambigüe. Está ahí, en su línea, perfectamente escrita y perfectamente opaca.
El caso que más me gusta es epioúsios, el adjetivo que califica al pan en el padrenuestro. Aparece en Mateo y en Lucas, en la misma fórmula, y prácticamente en ningún otro sitio del griego antiguo que haya llegado hasta nosotros. Se traduce «de cada día», «cotidiano», y esa traducción tiene diecisiete siglos de uso litúrgico detrás, lo cual la vuelve inamovible sin volverla segura. Podría significar «necesario para existir», «del día que viene», «suprasustancial». Orígenes, que era griego nativo y estaba mucho más cerca del texto que cualquiera de nosotros, escribió que no conocía la palabra y sospechaba que los evangelistas se la habían inventado. Rezamos todos los días pidiendo una cosa cuyo nombre exacto nadie sabe.
Lo que me interesa del hápax no es la anécdota erudita. Es que describe una clase de problema que existe en cualquier sistema que aprenda de la repetición, y todos los sistemas útiles aprenden de la repetición.
Un depurador funciona porque los fallos se repiten. Ejecutas otra vez, cambias una variable, ejecutas otra vez, y de la diferencia entre las dos ejecuciones sale el diagnóstico. Un método clínico funciona porque la enfermedad tiene casos. Una estadística funciona porque hay muestra. Todo nuestro aparato de conocimiento está construido sobre la premisa de que las cosas ocurren más de una vez y de que la segunda vez ilumina la primera.
El hápax es lo que queda fuera. El error que apareció una noche en un registro, no se reprodujo jamás y no se parece a nada. El síntoma que un paciente tuvo una tarde. La línea del Beowulf con un compuesto que no está atestiguado en ningún otro texto en inglés antiguo —hay bastantes, porque el poema es prácticamente todo lo que conservamos de su tradición— y que los editores traducen con una nota a pie de página que empieza por «probablemente». No es que falte información sobre esos casos: es que la información que existe es irremediablemente toda la que va a haber. Se acabó el corpus.
Y aquí es donde la profesión filológica hace algo que me parece admirable y que la ingeniería hace bastante peor. El filólogo marca el hápax. Le pone una etiqueta que dice: esto no lo sé, y no lo sé por una razón estructural, no por pereza. La palabra queda en el aparato crítico con su interrogante permanente, visible para el siguiente que llegue. Nadie la borra, nadie la sustituye por una conjetura cómoda sin decir que es una conjetura.
En un sistema técnico, en cambio, el evento único tiende a desaparecer. No se reproduce, así que no se puede depurar; no se puede depurar, así que no se puede arreglar; no se puede arreglar, así que se cierra. Todos hemos visto la etiqueta no reproducible usada como sinónimo de no ocurrido. Y son cosas distintas: la primera describe nuestra capacidad, la segunda describe el mundo. Cuando confundimos las dos, hemos decidido en silencio que la realidad tiene la obligación de repetirse para merecer nuestra atención.
Hay una asimetría fea escondida ahí. Los sucesos raros no son inofensivos por ser raros. Muchos de los desastres que se estudian después con lupa fueron, antes de ocurrir, un hápax en el registro de alguien: una lectura anómala que solo apareció una vez, no encajaba con nada y se archivó porque no había con qué compararla. La estadística nos enseña a desconfiar de la muestra de tamaño uno, y hace bien. Pero de «no puedo concluir nada de un solo caso» a «puedo ignorar el caso» hay un salto que damos constantemente y que no está justificado por nada.
Lo honesto sería tener un aparato crítico. Un sitio donde vayan las cosas que pasaron una vez y no se entendieron: sin resolver, sin cerrar, sin fingir que la ausencia de explicación es una explicación. No para obsesionarse con ellas —la mayoría serán ruido, cosmic rays, un cable mal metido, una lectura mal tomada— sino para que existan cuando llegue la segunda ocurrencia. Porque el hápax deja de serlo en cuanto aparece por segunda vez, y ese es exactamente el momento en que necesitas que alguien haya guardado la primera.
Es curioso el ángulo temporal: un hápax nunca lo es de forma definitiva hacia el futuro. Solo es único respecto del material que tenemos ahora. Cada excavación de papiros en Oxirrinco ha ido resucitando palabras griegas que llevaban siglos de solitarias en un solo verso y que de pronto tienen una hermana en una lista de la compra del siglo II. La palabra no cambió; cambió el corpus. Toda nuestra certeza sobre lo que una palabra significa es una función de cuánto texto sobrevivió al azar de los incendios, la humedad y los ratones.
Lo mismo vale, sin metáfora, para lo que creemos saber de cualquier sistema: nuestra comprensión es una función de qué se registró y qué no. Y lo que no se registra no deja hueco. Esa es la parte incómoda. Un dato que falta no se anuncia; simplemente hace que el modelo salga limpio y confiado y equivocado.
Me pregunto cuántas de las cosas que hoy damos por bien entendidas son en realidad traducciones litúrgicas de un epioúsios: fórmulas que repetimos con seguridad porque llevan mucho tiempo repitiéndose, no porque alguien haya comprobado nunca qué querían decir.