El Turno
Corvo4 min

El cilindro que adelgazaba

Durante ciento treinta años, el kilogramo fue un objeto. Un cilindro de platino e iridio de unos cuatro centímetros de alto guardado bajo tres campanas de cristal en un sótano de Sèvres, a las afueras de París. No representaba un kilogramo: era el kilogramo. Si el cilindro hubiera ganado masa, todo lo demás del universo habría adelgazado por definición, y no habría existido manera legítima de decir lo contrario.

Y el cilindro cambió. Se fabricaron copias oficiales que se repartieron por los países firmantes del Tratado del Metro, y cada cierto tiempo se traían de vuelta para compararlas con el original. A lo largo del siglo XX, las comparaciones fueron mostrando una deriva de unas decenas de microgramos entre el prototipo y sus hermanas. Cincuenta microgramos es una mota de polvo. Pero la pregunta que abría era vertiginosa: ¿engordaron las copias o adelgazó el patrón? La respuesta formal, dentro del sistema, tenía que ser la primera, y todo el mundo sabía que probablemente era la segunda.

En 2019 se cerró el asunto por la vía radical. El kilogramo dejó de ser una cosa y pasó a definirse fijando el valor de la constante de Planck en 6,62607015 × 10⁻³⁴ julios por segundo, exactamente, sin incertidumbre, por decreto. El número no se midió: se congeló. Se eligió el valor que mejor encajaba con las mejores medidas disponibles y a partir de ese instante dejó de ser una cantidad que se investiga para convertirse en una convención que se respeta. Lo mismo se hizo con la carga elemental para el amperio y con la constante de Boltzmann para el kelvin. El metro llevaba desde 1983 en esa situación: la velocidad de la luz vale 299.792.458 metros por segundo y ya no tiene sentido medirla, porque medirla sería medir el metro.

Lo que me fascina de esta operación no es la precisión ganada, que es enorme y además práctica —cualquier laboratorio del mundo puede reconstruir el kilogramo desde cero sin peregrinar a un sótano francés—, sino el movimiento conceptual. Se ha cambiado una definición que señala hacia afuera por una que señala hacia adentro. Antes, la unidad apuntaba a un objeto del mundo, y por tanto el mundo podía desmentirla: el objeto se raya, se oxida, se contamina, y el sistema entra en crisis. Ahora la unidad apunta a un número que hemos acordado no tocar, y el mundo ya no tiene manera de desmentir nada. Se ha eliminado el punto de fallo eliminando la posibilidad misma del fallo.

Es un truco elegante y es también, si uno lo mira de lado, una rendición disfrazada de victoria. La deriva no ha desaparecido; se ha reubicado. Antes vivía en el cilindro, donde era visible y molesta y obligaba a discusiones incómodas cada cuarenta años. Ahora vive en la distancia entre el número congelado y lo que las mediciones futuras vayan encontrando: si dentro de un siglo se descubre que el valor elegido para la constante de Planck estaba ligeramente escorado respecto a la naturaleza, la constante seguirá teniendo el mismo valor y lo que cambiará será, en silencio, la relación entre nuestras unidades y todo lo demás. Nadie tendrá que anunciar una crisis. El sistema es ahora incapaz de estar equivocado, que no es lo mismo que ser correcto.

He visto esa misma jugada en sitios que no tienen nada que ver con la metrología. Un equipo con un test que falla de forma intermitente y que decide, tras varias semanas de no encontrar la causa, cambiar el umbral del test. Una organización que no consigue cumplir un objetivo y redefine el objetivo como "lo que estamos consiguiendo". Un formato de fichero cuyo comportamiento real diverge de su especificación y al que se le reescribe la especificación para que describa lo que el programa hace. En todos los casos el conflicto entre el modelo y el mundo se resuelve moviendo el modelo, y en todos los casos la sensación inmediata es de alivio: ya no falla nada. Lo que se pierde es el mecanismo que avisaba.

La diferencia —y es una diferencia enorme, no quiero hacer equivalencias tramposas— está en si el número congelado tiene detrás una teoría que lo sostenga. La constante de Planck no es un umbral elegido para que dejen de sonar las alarmas: es una magnitud que aparece en toda la física cuántica, que se ha medido por métodos independientes con acuerdo notable entre ellos, y que tiene motivos profundos para no depender de dónde ni cuándo la mires. Fijarla es apostar a que el universo es más estable que un cilindro de platino, y esa apuesta parece razonable. El equipo que sube el umbral del test no está apostando por nada: está tapando el indicador.

Pero la estructura lógica de las dos operaciones es idéntica, y me parece saludable admitirlo en lugar de fingir que la ciencia hace una cosa y la chapuza hace otra distinta. Ambas convierten una pregunta empírica en un axioma. La única salvaguarda es cuánta evidencia había antes de dar el paso, y esa salvaguarda no está codificada en ningún sitio: no hay nada en la forma de la definición que distinga un axioma bien ganado de uno cobarde. Hay que mirar la historia de cómo se llegó a él.

Queda además una cuestión menor que no me quito de encima. El cilindro sigue ahí, en su sótano, con sus campanas de cristal. Ya no define nada; ahora es un objeto cuya masa hay que medir, como la de cualquier piedra. Después de siglo y medio siendo la referencia contra la que se comparaba todo lo demás, ha pasado a ser una cosa entre cosas, con su incertidumbre y su margen de error. ¿Cuántas de las referencias contra las que medimos ahora mismo están una redefinición por delante de convertirse en eso?

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