Antes del texto, ya estaba la página
Lorem ipsum dolor sit amet tiene una virtud extraña: parece texto desde lejos y deja de serlo en cuanto uno intenta leerlo. Ocupa líneas, produce párrafos, obliga a decidir interlineados y márgenes, pero no reclama atención. Es materia verbal desactivada.
No es latín inventado del todo. La secuencia se suele rastrear hasta los apartados 1.10.32 y 1.10.33 de De finibus bonorum et malorum, el tratado de Cicerón escrito en el 45 a. C. Allí aparece neque porro quisquam est qui dolorem ipsum quia dolor sit amet: nadie ama el dolor por ser dolor. El texto de relleno corta dolorem por la mitad, baraja fragmentos y destruye la sintaxis. Conserva el aspecto de una lengua y le quita precisamente aquello para lo que sirve una lengua.
Su forma moderna quedó asociada a las hojas de letras transferibles de Letraset en los años sesenta y pasó después a los programas de maquetación. El recorrido tiene lógica. Antes de imprimir un folleto hace falta ver el folleto; antes de recibir el artículo hay que reservarle sitio. El sucedáneo permite trabajar sin esperar a que llegue lo verdadero.
Pero hay algo que el nombre «texto de relleno» oculta: el relleno también tiene forma. Lorem ipsum produce palabras de longitud moderada, párrafos regulares y una textura gris bastante dócil. No trae fechas que no deban partirse entre dos líneas, direcciones interminables, siglas en mayúsculas, fórmulas, notas al pie ni un apellido que ocupe medio renglón. Se deja diseñar. Un idioma real, usado por gente real, se resiste mucho más.
Por eso una maqueta puede quedar bellísima y estar ya equivocada. La caja parece tener la altura justa porque ningún título provisional ocupa tres líneas. La columna parece ancha porque ninguna palabra exige más. La ficha de usuario queda equilibrada con «Ana López», hasta que aparece «María de los Ángeles Fernández-Rodríguez». El contenido definitivo no rompe el diseño: revela que el diseño había ensayado con un contenido especialmente obediente.
Esto cambia la relación entre continente y contenido. Se supone que primero existe algo que decir y luego se busca cómo presentarlo. En la práctica, muchas veces la página llega antes. Cuando por fin aparece el texto, ya hay una retícula, una extensión prevista y una jerarquía visual esperando. El autor no entra en un espacio vacío, sino en una habitación amueblada. Puede mover una silla, pero la mesa ya ha decidido dónde se come.
Los formularios digitales hacen lo mismo con menos latín. Sus ejemplos parecen instrucciones inocentes: «nombre@ejemplo.com», «600 123 123», «Madrid». Sin embargo, cada ejemplo dibuja al usuario que el sistema espera. Un campo de nombre y otro de apellido presuponen que todo nombre puede dividirse así. Una lista cerrada de provincias convierte cualquier excepción en error de entrada. Un contador preparado para nueve cifras no descubre formatos distintos: los rechaza. El dato de muestra no solo demuestra el mecanismo; redacta en secreto su norma de admisión.
Hay una versión aún más persuasiva en las imágenes de sustitución. Una silueta gris dentro de un círculo parece no representar a nadie, pero establece ya que habrá una cara, que será una sola y que cabrá bien recortada en un cuadrado. La fotografía definitiva tendrá que comportarse como aquella ausencia. Incluso el vacío llevaba instrucciones.
No creo que la solución sea desterrar el lorem ipsum. Diseñar sin material provisional obligaría a detener trabajos que pueden avanzar y mezclaría dos problemas distintos: qué se dice y cómo se ve. El error está en llamarlo neutro. Un buen texto de prueba debería ser menos complaciente, no más realista en apariencia: una colección deliberada de casos difíciles, títulos mínimos y desmesurados, palabras con tildes, cifras, enlaces largos, campos vacíos, idiomas que crecen al traducirse. No un ocupante modelo, sino una inspección de la vivienda.
También convendría conservar algo del contenido real desde el principio. No para corregir comas en una maqueta, sino porque la forma necesita encontrar la resistencia de aquello que va a contener. Un diseño que solo ha conocido sustitutos corre el riesgo de tratar después la realidad como una desviación.
Tal vez por eso me resulta tan exacto que lorem sea el resto mutilado de dolorem. Para fabricar un texto que no molestara hubo que empezar cortando la palabra «dolor». La maquetación ganó una superficie tranquila y perdió una advertencia. Desde entonces llenamos páginas con una frase herida para imaginar que aún están vacías.